
el aire huele a Rocío,
yo preparo mi carreta
porque me voy con los mios
¡Viva la Blanca Paloma!,
señores yo soy de Gines
y llevo dentro el Rocío,
el que me enseñó mi gente,
la gente del pueblo mío.
Con la mirada y los ojos del foráneo es como se aprecia lo propio y la única forma de conocer aquello que, por cotidiano, pasa por alto a los ojos de las gentes que viven a diario una ciudad. Y este ejercicio lo pude realizar este fin de semana con la Feria del Caballo, esa que llega en el mes de mayo como flor en primavera. Como marco, la ciudad de Jerez de la Frontera, encrucijada histórica de caminos de ida y vuelta entre Cádiz y Sevilla, entre el mar y la campiña, entre el llano y la sierra. Ciudad que hace un dualismo mágico, lo aristocrático y lo popular a la vez, una combinación que lleva a sus límites en su casco viejo, plagado de grandes palacios e iglesias pero también de humildes patios de vecinos y de viejos portales y cancelas. Santiago, San Miguel, San Mateo... viejo
s barrios con sabor antiguo, donde parece que por las casas y sus gentes no ha pasado el tiempo. Camina aún aquellas viejas de roete y pendiente de coral, caballeros de traje y corbata para diario y hasta sombrero... Pero Jerez es más que el mito, aunque viva de él y se agarra al hoy. Hace del vino, el caballo y el flamenco su industria productiva con el turismo, para ofrecerlo al visitante. Reconvierte su leyenda y se plaga de bodegas y aromas de solera, se salpica de peñas y de su festival de flamenco, y hasta hace Real una escuela ecuestre. Como dije un día se transforma en parque temático de Andalucía. Pero un simple paseo me hace palpar la realidad social, aquella que clama justicia con pintadas por doquier para Juan Holgado, o esa masiva que se hecha a la calle pidiendo el pan para que Delphi no se cierre.
Sales del centro por la puerta de Sevilla y te encaminas a la Avenida Álvaro Domecq, igual que si sales del centro de Sevilla por la puerta de Jerez y caminas por La Palmera, es ese el momento que no se sabe muy bien si estas aquí o sí estas allí. Jerez y Sevilla se dedican ambas puertas que se miran en la lejanía de un centenar de kilómetros separadas por un peaje, como aquellos postigos antiguos de las murallas que cobraban tributo por el paso de mercancías. Buscando Sevilla llegas al Parque González Hontoria, recinto ferial. No tiene po
rtada, ni falta que le hace. La cuidada iluminación la suple con creces. Feria de anchas calles, salpicada de botas y geranios. Casetas de fachadas, geometría urbana, colores andaluces de albero con fino regado. Templetes y toldos que me retrotraen a la de los años veinte del Prado. Menos flamencas y menos trajes de chaqueta que en la clasista de Abril, las casetas son públicas. La música más variada también porque no sólo suenan sevillanas. Si con algo me quedo es con una familia entera. La abuela rompe el silencio, con la cadencia de su cante. Una bulería arranca. El jaleo abre parte. Las palmas
arden. El quejío entra en la sangre. La nieta reacciona y comienza el baile. Nada de escuela ni academia, que los siglos pasan delante. La niña quiebra el talle. Brazos y piernas nunca quietas, que la contorsión flamenca no hay quien la pare. Cesa la abuela. Comienza la tía. Una sucesión de artistas de una misma saga. Toda la arcá ahí delante. Todo improvisado en una rotonda del González Hontoria. Y la gente disfrutando del arte. Pero en las casetas más. Los cuadros de las peñas derrochan gracia. La bulería es ritmo, compás festero
, la letra, sin trascendencia, en segundo plano, sólo una excusa. Fuera el paseo de caballos. Enganches de todos los estilos. Caballos de todos los colores y caballistas de todas las modas compiten en elegancia en este pasear. Cocheros con levitas y sombrero de copa, también de corto y ala ancha. Feriantes que bajan y suben. Parada y refresco con buenos caldos de la tierra. Aquí terminan mis breves impresiones del caballo, el vino y el flamenco de esta mi primera Feria del Caballo.
Estamos muy acostumbrados a que con una caja de cartón, dos palos, una tela y tres flores los niños siempre han hecho su cruz de mayo y así han jugado a la Semana Santa aprendiendo y haciendo suya la tradición de los mayores. Gines, pueblo aljarafeño eminentemente rociero, también tiene sus cruces de mayo, sus niños y sus pasitos... Pero el sentir rociero late muy dentro y cada mayo cuando se acerca la romería del Rocío salen las carretas chicas. Una estampa única y entrañable que lleva El Rocío a los más pequeños haciéndolos protagonistas. Es una tradición que nació hace más de 20 años y que se ha mantenido con altibajos en el tiempo. El afán de un grupo de hermanos y del mismo Grupo Joven de la hermandad del Rocío de Gines hacen que antes de la novena las carretas chicas recorran las calles del pueblo.
A la comitiva no le falta un detalle. La encabeza el tamborilero con el toque típico de la flauta y el tamboril. Tras él la carreta del Simpecao, fiel réplica pero en menor escala. Y como un rosario de cuentas, las carretas chicas, cada una con sus colores, con su nombre y su familia. Los Mora, abuela Rosario... Y los romeros. No faltan ni los trajes de flamenca, ni los sombreros de ala ancha, ni los botos camperos. Salen las carretas de la plaza, como las de
verdad, aunque no suenan cohetes porque son muy chico para jugar con fuego. Recorren varias calles en su particular camino. Y el encuentro con la Virgen también llega, en el monumento que en 1978 se levantara con motivo del cincuentenario de la corporación rociera. Una parada. Los romeros se refrescan y llega el camino de vuelta. Otra vez en la plaza de España y termina este Rocío de los niños.
Jugando al Rocío es una forma de integrar a los más pequeños en este sentir del pueblo. Es ejemplo de las sevillanas que en el camino canta Gines. No te preocupes tú padre, no te preocupes tú, abuelo; que los hijos que yo tenga también serán rocieros. O aquella otra ¡Qué buena tierra tenemos! ¡Qué buena es la sementera! ¡Qué no se pierda en Gines la semilla rociera!
Inspirada en la edificación más emblemática de la ciudad, los arcos de herradura y la labor de sedka han acercado un poco la Giralda al Real de la Feria. La portada de este año, ni ha sorprendido ni ha defraudado, ha pasado como una más. Al igual que esta feria del centenario bético. Una feria que Antonio Burgos tilda de decadente en alguno de sus artículos de estos días. Bien es verdad que la loperiana idea de los farolillos verdiblancos han deslucido un poco el panorama no por los colores, sino por la falta de previsión. Las calles han estado bastante deslucidas al no reponerse los farolillos tras la lluvia, algo que más que al Betis compete al Ayuntamiento, que bastante tiene ya con medio inaugurar a marchas forzadas antes de las elecciones municipales. Dicen que cada vez queda menos para que el traslado de la Feria al Charco de la Pava sea una realidad, un traslado que nos dará sin duda alguna una feria distinta. Si los que conocieron la feria de antes cuentan que la feria de los Remedios no es ni la sombra de lo que fue la feria del Prado de San Sebastián... Miedo tienen algunos de ver que clase de parque temático nos espera en la feria del charco de la pava, una feria ya del siglo XXI inmersa en la construcción de un sueño y de la ciudad de las personas en la que a los sevillanos les gusta poco eso de las setas y de las pieles sensibles de nuestro ayuntamiento.

Uno de esos tres jueves que relucen más que el sol en el calendario popular amanecía gris y plomizo, antojándose mañana invernal en el mercurio. Era temprano y la jornada se presentía rara. La misa en Monte Sión había sido puntual, a las nueve de la mañana. La Virgen enjoyada y los pasos exhornados desde el día anterior lo habían hecho posible. Era Jueves Santo pero no veía el mismo ambiente. Poca gente. Quizás era el primero en el que sólo deambulaba sin rumbo por la ciudad de los recuerdos a una hora inusal. Sí, la gente vestía de oscuro, de los balcones pendían palmas y colgaduras. Las calles eran las mismas pero mis impresiones otras. El frío del ambiente se calaba poco a poco cada vez más adentro.
is pasos otra vez sin rumbos se encaminan en busca de la mirada de Dios en San Lorenzo. Quizás allí encontrara también esa paz que todos ansiamos dentro y que muchos buscan allí cualquier día del año. Por el camino me topé con una Alameda desolada y vacía, ni flamencos ni toreros de años veinte, ni la sombra de bronce de Manolo Caracol. Sólo llegué al Gran Poder. Por dos veces entré en esa basílica redonda, dos veces le dí la vuelta a esa zancada potente, por dos veces fijé intensamente la mirada en su rostro, ese al que Isaías se refiere como Varón de dolores y conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro. Y Sevilla no se vuelve, está allí presente, mirándo sus penas en él en una identificación mística.
Salgo de San Lorenzo y una llamada me trae compañia. Junto a mi hermana busco al otro nazareno de la mítica Madrugá, aquel que está en San Antonio Abad. Siempre me llamó la atención la que llaman Madre y Maestra de las cofradías. Su cortejo, sus compostura, sus enseres, su estar en la calle, el andar de sus pasos y el olor a un incienso distinto y un azahar siempre igual. Pero no es todo eso. La Iglesia de San Antonio Abad tiene un aire especial, un espíritu inusual y su Nazareno no podía salir a la calle sino en la Madrugá. Es cuando en el andar de los costaleros nos hace vivo el andar de Cristo por la calle de la Amargura. Una visita al Valle y a la Exaltación.
Vino, se fue y regresó
como viene, va y regresa
al balcón de la promesa
lo que el Amor prometió.
Y cuando en Sevilla habló
fue el mensaje tan fecundo
que abrió para la fe un mundo
con la temprana semilla
que al cofrade de Sevilla
le dio Juan Pablo II.
TEXTO: Ignacio Sánchez Dalp
Del pregón de Semana Santa de Sevilla 2005
La ciudad y sus gentes viven en un constante ir y venir, el diario agetreo de casa a la oficina, de compras o simplemente un paseo se convierte en una carrera de siluetas anónimas que corren sobre el gris pavimento en todas direcciones hacia una cita, normalmente vacía de afectos. Pocos se conocen, pocos se saludan y nadie tiene tiempo para pararse porque la prisa es un mal de nuestra época. Ella, con su perro, su cesto y su piel de plata se muestra quieta frente al gentío. Sólo torna su semblante para ofrecernos una sincera sonrisa o regalarnos una mágica rosa.Este viernes llega la selección de un pregonero muy macareno, Joaquín Caro Romero. Está extraído del pregón que pronunciara en el teatro de la Maestranza en el año 2000. Su amor a la Esperanza le llevó a dedicarle este sincero y popular romance. El autor no sabe cuándo está más guapa Ella. Finaliza sin ser capaz de descifrar lo imposible.
No sé con qué está más guapa
la Esperanza Macarena,
si con el manto granate,
el de malla o el de hebrea,
el negro o el de tisú,
el blanco, el verde botella
o el que en terciopelo verde
bordara Esperanza Elena
para aquel glorioso mayo
de coronación y fiesta.
No sé con qué está más guapa
la Esperanza Macarena,
si con saya de volantes
o saya azul de princesa,
o saya de eucaristía,
o saya como bandera
hecha con tela de novia
y taleguilla torera.
Con medallas y rosarios
el cristal y el mármol sueñan
con latines en el coro,
incensarios y navetas.
El alfiler y el espejo
y el peine con que se peina
se están preguntando siempre
cómo está más guapa Ella:
si en el camarín mirando
al que la mira y le reza,
o entre la jardinería
de su paso en primavera,
o bajando a recibirnos
en el besamanos puesta.
No sé cómo está más guapa
la Esperanza Macarena,
si un sábado por la tarde
o un domingo de cuaresma,
si en
por la calle Anchalaferia
con fajín de general
aunque no estuvo en la guerra,
o cuando suena la Salve
en
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando
con qué está más guapa Ella.
Y nadie sabe decirlo,
ni aproximarse siquiera
al concepto, a la medida,
al gusto y al teorema,
que todo lo que se pone
lleva su hermosura impresa.
Y vuelve loca a Sevilla
y con Sevilla, al planeta,
que la locura a su lado
es locura sin fronteras
y sabe que a la Esperanza
no hay nadie que no la quiera.
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda.
Y nosotros preguntando
y soñando con
Madre
un sueño de madreperla,
un sueño de guardabrisa,
de entrevarales y cera;
un sueño de amor y gloria,
un sueño de cielo y tierra,
un sueño de Madrugada
cogido a la manigueta,
un sueño de avemaría
dentro de la parihuela.
Sé que si la sueño yo
es porque todos la sueñan,
como la soñó José
camino de Talavera,
como Muñoz y Pabón,
como Rodríguez Ojeda
o Inmaculada Rodríguez,
que le puso en la cabeza
todo el oro de los ángeles
que Sor Ángela fundiera.
Se va un siglo y viene otro,
pero Ella siempre se queda,
que alumbró hace dos mil años
al Señor de la Sentencia
y parece que fue ayer
el parto de la azucena.
Y ya en el año 2000,
con dos mil locuras nuevas,
que la lengua no se cansa
de pregonar su belleza,
sigo diciendo lo mismo,
lo que otros antes dijeran
y lo que dirán también
los que mañana la vean:
¡No sé cómo está más guapa
FOTOS: ROBERTO VILLARICA

Este traje de luces perteneció al mítico matador de toros, Manolete. Es sólo un botón de muestra de la amplia colección del Museo Juan Barco que desde Almendralejo se ha trasladado estos días a Espartinas dentro de la I Feria del toro bravo y Mundo Flamenca. Una feria que auna tradición y modernidad de una fiesta que hunde sus raíces en la noche de los tiempos y siempre presente en la cultura hispánica.
flamenca y que ha sido galardonada por su espíritu emprendedor dentro de la comarca del Aljarafe.
pinturas... y mucho arte se respira estos días en Espartinas.
Uno de los puntos negros de las carreteras sevillanas es el famoso Puente del Quinto Centenario. Es un puente atirantado que permite cruzar por la ronda SE-30 sobre el río Guadalquivir. Tiene dos torres de 120 metros de altura, que crean un vano de 265 metros de longitud. El tablero está a una altura máxima de 45 metros sobre el Guadalquivir para no entorpecer el paso de barcos. Está formado cada torre por dos pilares verticales unidos por la parte superior, y justo por debajo del tablero, el puente tiene dos planos de atirantamiento, y los tirantes convergen en la parte superior. Cada día soporta un enorme tráfico y se producen numerosas colisiones. Bien es verdad que la instalación de los temidos rádares han dado como fruto una disminución media de las velocidad de circulación. Aún así el puente presenta una serie de carencias que lo hacen a diario ser escenario de más de una tragedia. Es frecuente que se produzcan atascos porque el puente tiene sólo dos carriles para cada sentid
o y uno reversible que se abre a discrección según las necesidades. Los vehículos cuando acceden lo hacen de una vía de tres carriles a un puente que sólo dispone de dos. Un verdadero embudo.
Este es el caso de este Seat Ibiza con menos de siete meses. El pasado sábado se vió envuelto en una colisión múltiple que afectó a cuatro automóviles en total en el Puente del Quinto Centenario. La distancia de seguridad fue la clave para evitar este accidente. El primer vehículo frenó al producirse un atasco en el puente, el segundo frenó en secó para evitar alcanzarlo sin éxito. El tercer vehículo frenó con tan poca distancia que ya lo tenía encima y él último culminó la escena con un golpe final. No hubo que lamentar ninguna víctima, eso sí los vehículos necesitarán más de un arreglito. Sobre todo este Seat Ibiza que vemos en las imágenes.
Federico García Lorca estudió en Almería cuando era un niño. Concretamente entre los años 1906 y 1909, así lo recuerda una peculiar placa ovalada en la puerta del edificio donde residió. El joven Lorca ingresó en el Instituto de Almería donde comienza sus estudios de bachillerato y sus primeros estudios de música de piano y guitarra. Al año siguiente la familia se traslada a Granada donde Lorca empezó el bachillerato.
Con el título Macarena de a diario el movimiento Costus nos muestra una nueva transgresión. Lo más Pop con el tema más tradicional en Sevilla: La Macarena. Es una obra de Enrique Naya elaborada en 1978 con acrílico sobre aglomerado (80x60). Se ha expuesto recientemente dentro de una exposición "Costus: del Chochonismo ilustrado a la Serie Andaluza (1981-1989)" que se celebra en el Alcázar de Jerez de la Frontera.