


Sevilla intenta desperezarse del invierno a duras penas. Tras una fría Semana Santa, ahora son los farolillos, los colores de las casetas y la portada, las que intentan traernos a empujones una primavera que se resiste. Miro tras los cristales, salpicados de lluvia, y hoy se me antoja acordarme de tí, acercarme a tu persona y rescatar algunos recuerdos. Justo hoy hace un año que te fuiste de viaje cuando todo el mundo celebraba la Resurrección. El día está gris, con una luz rara que lo convierte todo en una estampa sepia, como esta otra que sujeto con mis manos y que me muestran a una joven que emprende un camino convencida de su amor. Tu traje negro, de luto por tu madre. Ni grandes diademas, ni ostentosas joyas, eran otros tiempos ¡Qué más sevillano que un velo prendido con tres claveles blancos!
Entre las nubes que presagiaban el aciago Miércoles Santo que nos deparaba este 2008, podíamos entrever esa luna que condiciona la fecha de nuestra Semana Santa. La PAscua Cristiana se celebra después de la primera luna llena de primavera por lo que esta fiesta puede oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Fue en el 325 d.C. en el Concilio de Nicea cuando se estableció que la fiesta de Pascua de Resurrección se celebrara en todo el mundo cristiano el primer domingo después de la luna llena siguiente al equinoccio de primavera, y si la luna llena fuera en un domingo y coincidiera con la fiesta de Pascua judía, la Pascua de Resurrección tendría que conmemorarse el domingo siguiente. Así se evitaba la coincidencia de las fiestas de Pascua de Resurrección y de la Pascua judía.
Como dijo Joaquin Caro Romero en su pregón de Semana Santa:La torre de Omnium Sanctorum
está mirando hacia Roma,
y en la calle Anchalaferia
ya hay plumeros que la adornan.
Roma toma posiciones
y Sevilla las remonta,
que por la Paz llega el Carmen
a imponerse a la carcoma.
Lo va diciendo Jesús
Despojado por Varflora;
y a continuación lo dice
el Cristo de la Victoria;
y las Penas de Triana
por San Jacinto y Rioja;
y lo dice la Amargura
con su Silencio en la Europa,
y San Gonzalo al pasar
por la avenida de Coria.
Y Longinos en el Cerro
y en la Lanzada alevosa.
El ultraje en San Esteban
lo va diciendo con mofa.
Y San Benito lo dice
por la Puerta de Carmona,
que el barrio de la Calzada
no tiene miedo a la loba,
ni el águila macarena
teme a la flecha o la honda.
La Bofetá en la Gavidia
echa a volar las alondras,
mientras que los Panaderos
y la Exaltación escoltan
en el Huerto y el Calvario
a la muerte y la derrota.
En el Buen Fin disolvieron
a la cohorte pretoria,
pero no en las Cigarreras,
que acarician lo que tocan,
mientras que dos Esperanzas
ponen su pena barroca
detrás de los condenados
que de noche y día enamoran,
que el Sentenciado, el Caído,
dan alegría redentora
cuando suena la trompeta
de la Centuria gloriosa
y la emoción de Triana
sube del pecho a la boca
con el gozo del Caballo
y el centurión que lo monta.
Y al llegar la Madrugá,
más movimiento de tropa
con los hombres de la berza,
del pescao y de la recova.
Vienen de la Encarnación
y son donantes de rosas.
El agua para Pilato,
la sed para Claudia Prócula.
Todo en el aire lo dice,
que todo está en la memoria,
en el suelo que pisamos
y en la cruz que da su sombra.
Sin saber dónde comienza
Sevilla o acaba Roma.
Pero Sevilla lo explica
de cincuenta y nueve formas,
que es en todas las esquinas
de su pasado la copia.
Sevilla lo expresa así,
de penitente y anónima,
o con penacho de plumas,
coraza, rodela y gola.
Y así propaga su fe
y santifica su historia,
dándole al César lo suyo
y a Dios lo que más importa,
con el cirio en una mano
y el Evangelio en la otra.
Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres tú